Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, y quizás sí, pero no te hace perder la memoria, es como si intensificara cada recuerdo, cada emoción de aquel momento y es como si lo siguieras viviendo en carne viva, tal y como ese día.
A veces, mejor dicho siempre quisiera olvidarme de ti, de cada noche que pasé a tu lado, de cada beso, de cada abrazo, de cada maldita palabra (cabe destacar que son éstas las que más perduran en mi mente). Son sobretodo tus palabras las que me devuelven el dolor, pero nunca la alegría, porque aunque hayan sido bonitas, no deja de doler que ya no estés aquí.
Pensaba que no iba a perderte nunca, que al menos tú no me mentirías, que aunque la vida nos separase, tú siempre ibas a estar conmigo; lejos o cerca. Pero fuiste tú quien nos separó, no la vida.
Es entonces cuando me pregunto qué debo hacer. No me malentiendas, he seguido adelante. Sé que habrán más personas, más amores. Pero ¿cómo le digo a la noche que no me lleve de nuevo a ti, que no arrastre mi mente hacia tu recuerdo una y otra vez? Porque es en las noches cuando mi salud emocional más se deteriora y tú ya no estás para decirme que todo va a estar bien, aunque no sea cierto.
Cada recuerdo en mi memoria me hace perder la cordura, me desmorona por completo y siento cómo el mundo en menos de una milésima de segundo cae encima de mí, porque ya no tengo a nadie que me ayude a retenerlo.
Sé que quizás exagero y que quizás mañana ya no te ame, pero nunca van a desaparecer las cicatrices que hiciste en mí, y es eso lo que me duele: como me dañaste y luego te fuiste como si nada, porque si somos sinceros, quizás nunca te importé realmente.
Pero así son las personas... Sí, eso es lo que he aprendido.