Me encanta pensar en lo que sucedió; en lo que me cambió, en lo que me hizo fuerte, en cuanto ha mudado en lo que creía, por lo que apostaba la vida, por quién moría. Pensar en cómo creía que mi vida acabaría, pero mírame, estoy más viva que nunca.
Amo encontrarme con mi viejo yo. Recordar lo que me atemorizaba y ahora simplemente me da risa. Que no era para tanto, pero en ese momento sí lo sentía así.
Me gusta rememorar cada persona que hizo fuego en mí; aquellos que me enseñaron a amar. Los que me hicieron aprender (a las malas) a no confiar. Quienes me hicieron caer y los otros que luego me ayudaron a levantarme, para luego saber cómo hacerlo sola.
Hoy en día, puedo decir con toda seguridad que no cambiaría nada; ni el dolor, ni la felicidad, ni la furia, ni la ansiedad, ni los miedos, ni nada. Absolutamente nada. Y si tuviese que volver a pasar por ello, lo haría, porque ahora mismo estoy orgullosa de ser la persona que soy, y sin mi pasado no lo hubiese logrado.
